Yuqui es la personificación del orden. Su madre es una asiática que se desempeñó la mayor parte de su vida como profesora de filosofía en un internado. Su padre, un militar pulcro y honorable para quien no existía una meta menos ambiciosa que la excelencia. La vida de Yuqui siempre se ha regido por un estricto sentido de la rectitud. De cabeza fría y actitud calculadora, es el tipo de personas para quienes los cambios únicamente pueden ocurrir en condiciones rígidamente controladas. Para Yuqui, conservar una cuidadosa rutina es fundamental en el día a día.
Jura es la encarnación terrenal del dios del Caos. Hijo de un alcohólico que abandonó la familia cuando aún estaba en tierna edad, y de una madre demasiado distraída para brindarle cualquier clase de atención, vivió parte de su vida gracias a los escasos actos nobles de desconocidos, y a sus abuelos que a regañadientes le recibían en casa. Aunque increíblemente inteligente, Jura es desordenado, perezoso, tiene un desagradable desdén por la apariencia y la higiene personal, y nunca sabe dónde estará al terminar el día, o al empezar el siguiente.
Yuqui trabaja en una respetable empresa de diseño industrial. Su jefe, uno de los ejecutivos más despiadados de la industria, se distingue por exigir imposibles estándares de calidad. No tolera retrasos, desviaciones en la conducta o pobres resultados. Rara vez un subordinado continúa bajo su mando por más de un año. Yuqui ya tiene 6, y su registro es intachable: No ha llegado nunca un día tarde a la oficina, ni siquiera cuando sus condiciones de salud desmejoraban. No toma vacaciones, no cede ante la presión, y de manera ejemplar resuelve cualquier problema con el que tenga que enfrentarse.
Jura es una bala perdida. Fanático de la tecnología, decidió que lo suyo era el diseño web, para poder "expresar su creatividad." Incapaz de conservar un empleo por más de tres meses, trabaja normalmente por su cuenta en proyectos independientes que consigue a través de cual sea el contacto disponible: El hermano de la barista del café de la esquina que está arrancando un negocio, o el gerente al que milagrosamente ayudó a salir de un aprieto relacionado con estupefacientes, prostitución y un inoportuno punto de control policial. Jura no tiene horario, no tiene disciplina, no tiene verdaderos amigos o seres queridos. Unicamente cuenta con el talento necesario para sobrevivir día a día y procurarse los narcóticos que lo mantienen a flote.
Para Yuqui, todo aquello que no está bajo su control, que no puede influenciar de manera directa, es causa inmediata de intolerables niveles de estrés que apenas consigue disimular. Como consecuencia, su vida social es prácticamente inexistente.
Para Jura, el estilo de vida bohémico, el alcohol, los cigarrillos, la heroína, las desveladas, las resacas, la mala comida y la mala compañía poco a poco van cobrando su cuota.
Yuqui, encerrada en su obsesión de encajar un mundo amorfo e impredecible en su perfecto cuadro utópico, sucumbirá a la presión algún día, comprará una escopeta, irá temprano a la oficina como todos los días y disparará a su jefe para luego apuntar el cañón hacia sí misma.
Jura, incapaz de encontrar algo a qué aferrarse en la indetenible entropía de su vida, sufrirá una sobredosis y será encontrado días después en su apartamento, en una piscina de vómito y rodeado de botellas vacías y cajas de pizza, con una jeringa en una mano y una caja musical, recuerdo de su infancia, en la otra.
Que la historia de estas almas desdichadas perdure por años sin término, como ha llegado a nosotros desde tiempos ancestrales transmitida de generación a generación por tradición oral, para recordarnos cuán fantástica y macabra es la naturaleza humana.
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